Aquel lugar.
La niña corría entre las casas, jugaba y reía por entre los callejones y los escalen algo resbaladizos. Tiraba piedras al riachuelo del costado y manchaba sus zapatos con barro, un barro que nunca más salió de sus recuerdos, un barro que tampoco se borró del charol de aquellos pequeños zapatos. Su cabello estaba algo mojado con la llovizna característica del lugar, cada mañana de invierno, cada día que el sol se escondía bajo las aguas. Y la pequeña miraba al horizonte, hacia aquel inmenso mar que desde el balcón solía verse tran precioso, los colores anaranjados del cielo y la sensación de que algo nuevo sucedería, un nuevo ardor en sus sensaciones. Se podía sentir, desde aquel lugar, el rugir de las olas al chocar contra las piedras. La pequeña era feliz en aquellos momentos, subiendo los escalones que la llevaban hacia la puerta, esa puerta inmensa que nunca se atrevió a abrir, la que siempre le prohibieron desde que tenía noción de la vida, de esa vida tan hermosa que llevaba en aquel lugar, un lugar de llovizna, un lugar donde el invierno era el que daba inicio a los amores verdaderos. De cualquier modo, y fuera la época que fuera, la niña sabía que algún día podría abrir aquella puerta tan enorme y cuando llegara aquel momento se sentiría feliz, porque muchas veces escuchó ruidos dentro en la soledad de su casa, en la soledad de aquellas paredes donde ella solía jugar y reir. Y la pequeña creció, creció tanto que su cabello perdió un poco de brillo y su sonrisa inocente se cubrió de una pequeña coquetería, sintiendo aún en sus entrañas las ganas de encontrar los tesoros detrás de aquella puerta, el sueño de pequeña. Mas nadie sabía, al menos ella no, que tras aquellos secretos siempre se encontraba algo que debía estar siempre oculto para no rompes las ilusiones de aquellos quienes las guardan, no debía descubrir que detrás de aquella puerta, la inmensa puerta, era el escondite perfecto para un padre caprichoso y una sirvienta que no sabía servir bien el té; y la jovencita, viendo con descaro la situación, viendo con un semblante triste el acto, vigilando como ambos complices de su sueño se lo rompían vulgarmente. Y... no volvió más, se escapó de aquel lugar, dejó atrás la puerta, los sueños, la llovizna; dejó atrás los zapatos de charol ocultos en una caja, atrás toda la alegría de aquellos callejones, los juegos, el balcón y esa hermosa vista al mar. Dejó atrás, con un sueño roto y desecho, la idea de vivir por siempre en aquel lugar que parecía ser perfecto.
Recorría los escasos escalones que la llevaban hacia la puerta, se movía lento entre las cenizas y, con lágrimas en los ojos, se quedó mirando desde el incinerado balcón, el quedaba aquella vista preciosa al mar, con colores tan anaranjados y la idea de nuevas sensaciones.



