Tuesday, July 31, 2007
Thursday, July 12, 2007
Solo intentando dar aquello
Ya hacía tiempo que se encontraba allí. Su nombre era Camila y no sentía ningún deseo de estar viva. Miraba a su alrededor con desaliento y preocupación, de cualquier forma sabía que todos los días eran como el anterior y, si bien no eran horas terribles las que la hacían perder la razón, eran totalmente monótonas, lo que en élla desencadenaba una serie de emociones contradictorias, entre lo que era su ayer, su hoy y su mañana. Y mirando a su alrededor, con una triste sonrisa, cerró sus ojos lentamente.
Salía aquella noche como todas las demás, con un traje nuevo, una cartera nueva, nuevos billetes, nuevos collares y, por qué no, un tipo nuevo. Se sentaba en el coche mostrando sus dientes entremedio de aquellos labios rojo bermellón y dejaba caer sus finas manos sobre sus blancos muslos que dejaban a imaginación propia lo que viniese más adelante. Su cabello rojizo brillaba al contacto de las luces de afuera, sus ojos marrón observaban con impaciencia el ambiente tratando de apresurar cada instante, cada acercamiento. El tipo no era nada más que aquellos quienes buscan compañía, uno entre tantos de la gran pecera. Le abre la puerta y le tiende la mano pues ya han llegado al lugar. Una luz azul pequeña, un gran edificio excelentemente amoblado, gente decente, gente normal, muchachos y muchachas -contándose a élla- no tan decentes. Se mira en el espejo y nota unas manchas pequeñas de rimel corrido, un dedo que intenta tapar el error, una lágrima que no entiende su principio ni su fin. Le toma la mano y suben por un ascensor, llegan a la puerta. Una habitación ambientada orientalmente, vino de buena viña, música ad hoc. Más le vale no recordar el tiempo que pasó en esas paredes, o más bien esa manos que, aunque no quisiera admitirlo, le entregaron un destino determinado en conjunto con una delicia llamada placer.
Abre sus ojos estrepitosamente y se levanta de la camilla con una lúgubre expresión. La enfermera está cerca y sus pasos de tacones resuenan por los pasillos, cuánto hecha de menos ocupar tacón alto. Mira a su alrededor anonadada, unas flores al costado de donde estaba tendida, una pequeña tarjeta sin remitente. Se sienta posando la mano en su pecho, acariciando con la otra las pétalos de las flores; siente el corazón agitado y adormecido. La enfermera entra y le explica que "el" le dejó las flores, que "el" dijo que no la despertaría, que "el" la amaba mucho y que "el", de cualquier modo, no la dejaría. Camila cierra sus ojos y una lágrimas caen por sus mejillas.
Sale de la habitación sin tomarle la mano a aquel tipo, se dirige descontrolada hacia la puerta, un presentimiento repentino le recorre con un ridículo pero insistente frío por su espalda. Salen del Motel y ella toma un taxi. No hay beso de despedida, una cachetada resuena en el pavimento. Unas calles, unas cuantas cuadras, unas casas. Abre la puerta y llega a su hogar, en la entrada la espera su novio, un celular en la mano, una caja de fósforos y un cigarrillo en su boca. Que qué hiciste, que cómo pudiste, que desde cuando, que en qué momento, dónde, por qué. Un silencio incómodo reduce sus alientos. Unas maletas en la puerta y un adios.
Abre sus ojos y seca sus lágrimas, no puede contener la tristeza, la emoción, el arrepentimiento y el dolor. La enfermera se retira y deja en sus manos el celular que aquel día se llevó el muchacho, celular que era de ella. Se recuesta con dificultad en la camilla y siente alivio al pensar que, a pesar de todo, aquel a quien ella eligió fue realmente el indicado. Nuevamente sus ojos se llenan de un líquido salado. Seca las lágrimas en la almohada, respirando profundamente los que quizás serían sus últimos respiros.
Sola en su casa, el ya no está ni piensa volver. Unas flores marchitas sobre la cama que compartían, unas cigarrillos que se le quedaron sobre el velador, unas pastillas que tomó para adormecer el cuerpo y el dolor. La habitación antes tan colorida perdía todo rastro de felicidad y sus manos temblaban por los días y noches sin dormir. Estaba muy flaca y no quería comer. Una llamada de auxilio y una carta que podría ser una despedida. Lo siento, fue mi culpa, no vuelvas, tengo sida. Cinco minutos de llanto, tres minutos de hipo.
Camila ya no siente pena, sólo una inmensa compasión. Perdona lo malo y lo bueno. Da gracias al viento y su amado por la intención. Se despide con tres pequeñas palabras. Te amo, adiós.
Y mirando a su alrededor, con una triste sonrisa, Camila cerró sus ojos lentamente.
Salía aquella noche como todas las demás, con un traje nuevo, una cartera nueva, nuevos billetes, nuevos collares y, por qué no, un tipo nuevo. Se sentaba en el coche mostrando sus dientes entremedio de aquellos labios rojo bermellón y dejaba caer sus finas manos sobre sus blancos muslos que dejaban a imaginación propia lo que viniese más adelante. Su cabello rojizo brillaba al contacto de las luces de afuera, sus ojos marrón observaban con impaciencia el ambiente tratando de apresurar cada instante, cada acercamiento. El tipo no era nada más que aquellos quienes buscan compañía, uno entre tantos de la gran pecera. Le abre la puerta y le tiende la mano pues ya han llegado al lugar. Una luz azul pequeña, un gran edificio excelentemente amoblado, gente decente, gente normal, muchachos y muchachas -contándose a élla- no tan decentes. Se mira en el espejo y nota unas manchas pequeñas de rimel corrido, un dedo que intenta tapar el error, una lágrima que no entiende su principio ni su fin. Le toma la mano y suben por un ascensor, llegan a la puerta. Una habitación ambientada orientalmente, vino de buena viña, música ad hoc. Más le vale no recordar el tiempo que pasó en esas paredes, o más bien esa manos que, aunque no quisiera admitirlo, le entregaron un destino determinado en conjunto con una delicia llamada placer.
Abre sus ojos estrepitosamente y se levanta de la camilla con una lúgubre expresión. La enfermera está cerca y sus pasos de tacones resuenan por los pasillos, cuánto hecha de menos ocupar tacón alto. Mira a su alrededor anonadada, unas flores al costado de donde estaba tendida, una pequeña tarjeta sin remitente. Se sienta posando la mano en su pecho, acariciando con la otra las pétalos de las flores; siente el corazón agitado y adormecido. La enfermera entra y le explica que "el" le dejó las flores, que "el" dijo que no la despertaría, que "el" la amaba mucho y que "el", de cualquier modo, no la dejaría. Camila cierra sus ojos y una lágrimas caen por sus mejillas.
Sale de la habitación sin tomarle la mano a aquel tipo, se dirige descontrolada hacia la puerta, un presentimiento repentino le recorre con un ridículo pero insistente frío por su espalda. Salen del Motel y ella toma un taxi. No hay beso de despedida, una cachetada resuena en el pavimento. Unas calles, unas cuantas cuadras, unas casas. Abre la puerta y llega a su hogar, en la entrada la espera su novio, un celular en la mano, una caja de fósforos y un cigarrillo en su boca. Que qué hiciste, que cómo pudiste, que desde cuando, que en qué momento, dónde, por qué. Un silencio incómodo reduce sus alientos. Unas maletas en la puerta y un adios.
Abre sus ojos y seca sus lágrimas, no puede contener la tristeza, la emoción, el arrepentimiento y el dolor. La enfermera se retira y deja en sus manos el celular que aquel día se llevó el muchacho, celular que era de ella. Se recuesta con dificultad en la camilla y siente alivio al pensar que, a pesar de todo, aquel a quien ella eligió fue realmente el indicado. Nuevamente sus ojos se llenan de un líquido salado. Seca las lágrimas en la almohada, respirando profundamente los que quizás serían sus últimos respiros.
Sola en su casa, el ya no está ni piensa volver. Unas flores marchitas sobre la cama que compartían, unas cigarrillos que se le quedaron sobre el velador, unas pastillas que tomó para adormecer el cuerpo y el dolor. La habitación antes tan colorida perdía todo rastro de felicidad y sus manos temblaban por los días y noches sin dormir. Estaba muy flaca y no quería comer. Una llamada de auxilio y una carta que podría ser una despedida. Lo siento, fue mi culpa, no vuelvas, tengo sida. Cinco minutos de llanto, tres minutos de hipo.
Camila ya no siente pena, sólo una inmensa compasión. Perdona lo malo y lo bueno. Da gracias al viento y su amado por la intención. Se despide con tres pequeñas palabras. Te amo, adiós.
Y mirando a su alrededor, con una triste sonrisa, Camila cerró sus ojos lentamente.



